Sobre los orígenes de Galvanic Works: una carta del fundador
Hace poco nos preguntaron de dónde venía nuestro nombre. En lugar de explicarlo nosotros mismos, nos pareció más oportuno compartir esta carta de nuestro fundador, escrita desde su retiro en la isla.

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Desde la isla de [Redactado], en aguas del Mediterráneo
A quienes preguntan por el nombre de esta empresa
Estimado lector:
Ha llegado a mis oídos que algunas mentes curiosas se han planteado de dónde proviene el nombre Galvanic Works. Trataré de satisfacer esa inquietud, aunque antes debo hablar de asuntos tan antiguos como eternos.
Desde las edades más remotas de la humanidad, cuando los fenicios se atrevieron por primera vez a perder de vista la costa, los marinos han buscado perfeccionar el arte de la navegación: hacer más seguro el paso por la mar profunda y regresar de nuevo al hogar. Cada nudo atado, cada estrella cartografiada, cada instrumento ideado nació de una misma aspiración: que quienes se aventuran sobre las aguas vivan para contarlo.
Ninguna innovación, por moderna que sea su concepción, puede arraigar sin comprender el esfuerzo de aquellas mentes brillantes que nos precedieron. El astrolabio, la brújula, el cronómetro: cada uno se tuvo en su día por imposible, hasta que algún genio solitario demostró lo contrario. A menudo, a esos inventores les faltaron los medios para hacer realidad del todo sus visiones. Y sin embargo comprendieron una verdad que trasciende todas las épocas: que para liberar al mundo de fronteras, de guerras y de las mezquinas divisiones entre naciones, la humanidad debe encontrarse sobre ese vasto estanque que rodea todas las tierras emergidas. Deben viajar. Deben conocerse los unos a los otros.
Esa comprensión es el hilo común que une a aventureros e inventores a lo largo de todos los siglos. Romper las barreras humanas. Permitir que hombres y mujeres vivan plenamente su breve paso por esta Tierra.
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Te confieso ahora una singular simpatía que siento por cierto capitán Nemo, aquel enigmático comandante del Nautilus, cuyas hazañas crónicara el buen profesor Aronnax hace ya algunos años. Como aquel hombre extraordinario, me he retirado de los asuntos de las naciones para morar en una pequeña isla cuya ubicación no revelaré. Como él, navego largamente por la mar, tras haber consagrado antes muchos años a las ciencias naturales y a la construcción de sirvientes mecánicos —robots, como ahora se los llama—, empleados en el desarrollo de medicinas para el bien de la humanidad.
Y sin embargo me encontré en una encrucijada que sospecho el propio capitán Nemo habría reconocido. En estos tiempos, nuestra inteligencia humana corre el riesgo no de verse realzada, sino sumergida por otras formas de inteligencia, creaciones nacidas de nuestra propia mano que debemos aprender a dominar, igual que el capitán y sus valientes compañeros se enfrentaron a las criaturas monstruosas de las profundidades. El calamar gigante que atacó al Nautilus no era más que una bestia de la naturaleza; los leviatanes de nuestro tiempo son obra nuestra y, por ello mismo, mucho más peligrosos.
Fue ese reconocimiento el que me llevó a buscar un camino más sencillo. Resolví vivir con sobriedad, sirviéndome no del trabajo ciego de las máquinas, sino de mi propia imaginación y creatividad: aquellas facultades que siguen siendo, estoy convencido, el único dominio del alma humana. Y sin embargo no huyo de estas nuevas fuerzas; antes bien, he elegido domarlas. Así como el capitán Nemo aprovechaba la mismísima electricidad del mar para impulsar su nave, yo aprovecho el poder de la inteligencia artificial, conduciéndola en la buena dirección bajo el imperativo de mi humilde mente humana, para bien de otros navegantes. La bestia sirve al hombre, y no al revés.
Una carrera en los negocios y la tecnología me había procurado ciertos medios; decidí emplearlos en mejoras para quienes navegan, pues no hay expresión más pura del ingenio humano que una embarcación sobre el agua, donde un hombre ha de fiarse de su agudeza, de su coraje y del trabajo honrado de sus manos.
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Es, por tanto, inevitable —más aún, es mi solemne deber— rendir homenaje al genio del capitán Nemo y a su extraordinaria tripulación. Sus Galvanic Works —aquellos maravillosos sistemas eléctricos que impulsaban al Nautilus por profundidades que ningún hombre se había atrevido a explorar— hicieron soñar a generaciones enteras de marinos. Anticiparon tecnologías que no llegarían hasta décadas después. El motor eléctrico. El navío submarino. El aprovechamiento de los propios recursos del océano para obtener energía y sustento.
Eso es lo que aspiramos a hacer: abrir camino. Soñar con aquello en que puede convertirse la navegación, y luego construirlo. Honrar a quienes nos precedieron llevando su antorcha hacia aguas aún sin cartografiar.
El nombre Galvanic Works es, así, tanto homenaje como declaración. Homenaje al genio de ficción que nos mostró lo que el coraje y la ciencia pueden lograr juntos. Y declaración de que nos esforzaremos por merecer una herencia tan noble.
Quizá no sea casualidad que la palabra misma galvánico — que el señor Verne eligió para los sistemas eléctricos del capitán Nemo — honre a Luigi Galvani de Bolonia, el físico que probó por primera vez que la electricidad y la vida son inseparables. Todo marino conoce su legado por otro nombre: el aislamiento galvánico, que protege nuestras embarcaciones, y la corrosión galvánica, que las amenaza.
Quedo a tu disposición, con la mayor consideración por tu curiosidad y tu pasión por la mar,
Tu humilde servidor,
P.Z.
Galvanic Works
Posdata: Si algún lector duda de la sensatez de inspirarse en una obra de ficción, le recordaré que toda gran hazaña fue antes mera imaginación. El Nautilus navegó primero en la mente del señor Verne, después en los sueños de incontables ingenieros y, por fin —en formas que él apenas habría podido concebir—, bajo las olas de todos los océanos. La ficción no es más que una verdad que aún no ha sucedido.
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