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El tripulante perfecto: por qué unos animales de granja quizá habrían sido mejor elección

Joshua Slocum dio la vuelta al mundo en solitario con una cabra como única compañía. Otros navegantes han llevado gallinas a bordo; al menos esas ponen huevos. Pero después de décadas navegando con tripulaciones humanas, quizá ha llegado el momento de reconocer la verdad: estamos pidiéndole la guardia a la especie equivocada.

Joshua Slocum dio la vuelta al mundo en solitario con una cabra como única compañía. El navegante francés Guirec Soudée circunnavegó el planeta con su gallina roja Monique, que puso un huevo cada día durante cinco años, incluso atrapada 130 días en el hielo de Groenlandia. Al menos las gallinas ponen huevos. Pero después de décadas navegando con tripulaciones humanas, quizá ha llegado el momento de reconocer la verdad: estamos pidiéndole la guardia a la especie equivocada.

Los animales de granja lo tenían claro

Los grandes navegantes en solitario habían comprendido algo importante. Cuando Joshua Slocum circunnavegó el globo entre 1895 y 1898, llevó a bordo una cabra. El animal le daba leche, compañía y, sobre todo, ninguna discusión sobre las decisiones de navegación.

Más cerca de nuestros días, Guirec Soudée, un joven navegante francés, zarpó en lo que acabaría siendo una circunnavegación de 45.000 millas náuticas a bordo de su velero de acero Yvinec. Durante una escala en las Islas Canarias incorporó a un tripulante muy peculiar: Monique, una gallina roja. A lo largo de los cinco años siguientes, Monique demostró ser la compañera de travesía ideal. Ponía un huevo al día, incluso durante los 130 días que pasaron atrapados por completo en el hielo de Groenlandia en invierno. Nunca se quejó de los turnos de guardia, jamás cuestionó una decisión de navegación y nunca generó dramas personales. Cuando por fin completaron el viaje, Guirec y Monique se habían convertido en celebridades inesperadas en Francia.

Fuentes: Sailing Alone Around the World, de Joshua Slocum (1900), y A Sailor, A Chicken, An Incredible Voyage: The Seafaring Adventures of Guirec and Monique, de Guirec Soudée (2020)

Al menos las gallinas ponen huevos. ¡Un punto para ellas! Pero los animales de granja, aunque dan mucho menos trabajo que las personas, siguen necesitando comida, agua y espacio. No hacen guardias. No saben ajustar las velas ni vigilar el AIS. Y por admirable que fuera la fiabilidad de Monique poniendo huevos, eso no sirve de nada para evitar una colisión.

La pregunta, entonces, es: ¿cómo sería de verdad el tripulante perfecto?

La tripulación humana: una galería de complicaciones

Todo patrón ha navegado con ellos. Y todo tripulante ha sido uno de ellos. Seamos sinceros sobre con qué estamos lidiando:

Roberto el manitas

Roberto lo sabe todo de todo, o eso cree él. Es un genio técnico incapaz de resistirse a modificar sistemas que funcionaban a la perfección. El piloto automático iba de maravilla hasta que Roberto lo «optimizó» a las dos de la madrugada con mar confusa. La VHF funcionaba sin problemas hasta que decidió mejorar el soporte de la antena. Ahora estás a 200 millas de la costa peleándote con las «mejoras» de Roberto, mientras el manual original del equipo se perdió por la borda hace ya tiempo.

El lema de Roberto: «Puedo dejarlo mejor». La realidad del barco: «Ayer funcionaba perfectamente».

Amélie la perfeccionista

Amélie es una navegante excelente. De verdad lo es. Nota un rol de dos grados antes de que lo registren los instrumentos. Sabe con exactitud cuándo tangonear el spinnaker, izar el asimétrico o tomar rizos en la mayor. Por desgracia, su pericia aflora a las tres de la madrugada, justo cuando intentas dormir antes de tu guardia de las cuatro. «Deberíamos largar la vela azul ahora mismo», insiste, mientras tú te preguntas si medio nudo más de velocidad merece tener a toda la tripulación despierta durante 45 minutos cambiando velas a oscuras.

El lema de Amélie: «No estamos navegando de forma óptima». El lema de los demás: «Tampoco nos estamos muriendo de agotamiento».

Manfred el ancla

Manfred no quiere hacer turnos de noche. Cuando por fin lo convences de que entre de guardia, no se despierta; y si lo hace, se queda dormido a los veinte minutos de su turno de cuatro horas. Saquea las reservas de comida de todos, sobre todo el chocolate cuidadosamente racionado y la cerveza que tenía que durar toda la travesía. Manfred se ventila cinco cervezas al día, come sin parar y, aun así, se las arregla para quejarse de que las raciones de las comidas son demasiado pequeñas. El movimiento del barco no le molesta lo más mínimo: es capaz de dormir entre cualquier cosa, incluida la alarma de su guardia, la sonda de profundidad y tres personas gritando su nombre.

El lema de Manfred: «Despertadme solo si pasa algo importante». El problema: Manfred entiende por «importante» algo muy distinto al resto de la tripulación.

Sven el peligro

Sven no sigue las instrucciones. Va a proa de noche sin avisar a nadie. No se pone el chaleco salvavidas porque es «incómodo». No se engancha con el arnés porque le «limita los movimientos». Cuando intentas hacer cumplir las normas de seguridad, Sven se ofende, como si pusieras en duda su competencia en lugar de intentar evitar que caiga al agua en plena noche. Cada instante que Sven está en cubierta sin supervisión, estás esperando el chapuzón que convertirá la travesía en una pesadilla. ¿Y lo peor? Su comportamiento no solo pone en riesgo su propia vida: te expone a ti, el patrón, a una responsabilidad legal y moral catastrófica.

El lema de Sven: «Lo he hecho cientos de veces». El pensamiento que te quita el sueño al patrón: «Sí, y has tenido suerte cientos de veces».

Nigel el contestón

Nigel cuestiona cada decisión. No de forma reflexiva, como debe hacer un buen tripulante cuando está en juego la seguridad, sino de manera automática, como un desafío a la autoridad. ¿Por qué seguimos esta ruta? ¿Por qué no rizamos? ¿Por qué rizamos? ¿No deberíamos ir a motor? ¿Por qué vamos a motor si podríamos navegar a vela? El cuestionamiento constante de Nigel erosiona la confianza de la tripulación en tu liderazgo y crea un ambiente en el que cada decisión se convierte en un debate. Con buen tiempo, esto resulta simplemente agotador. En plena tormenta, es peligroso. Un barco necesita una cadena de mando clara, y los desafíos incesantes de Nigel la hacen imposible.

El lema de Nigel: «Solo estoy preguntando». La realidad de la tripulación: las preguntas de Nigel no buscan información, buscan control.

Los requisitos imposibles

Entonces, ¿cómo sería el tripulante perfecto? Vamos por partes:

  • No duerme nunca: disponible para la guardia las 24 horas, sin fatiga.
  • No consume nada: ni comida, ni agua, ni cerveza, ni electricidad.
  • Obedece a la perfección: cumple las normas de seguridad sin discutir ni hacer excepciones.
  • Nunca desafía: respeta la cadena de mando sin dejar de ofrecer avisos críticos de seguridad.
  • Es totalmente predecible: responde siempre exactamente como se espera.
  • Ayuda a todos: apoya a cada tripulante para que desempeñe bien sus tareas.
  • Experto en todas las condiciones: conoce el barco, el motor, el tiempo, las reglas y la navegación.

Este tripulante tendría que:

  • Vigilar de forma continua todos los sistemas de la embarcación: parámetros del motor, estado de las baterías, nivel de las sentinas, luces de navegación.
  • Estar atento a los riesgos de colisión de día y de noche: objetivos AIS, contactos de radar, tráfico a la vista.
  • Seguir la evolución del tiempo: roles de viento, presión barométrica, previsiones del estado de la mar.
  • Entender las técnicas de navegación y los límites del barco: cuándo rizar, cuándo ir a motor, cuándo capear al pairo.
  • Conocer las aptitudes y la experiencia de cada tripulante.
  • Comprender las intenciones del patrón y su tolerancia al riesgo.
  • Avisar a la persona adecuada en el momento adecuado y con la urgencia adecuada.

Está claro que ningún ser humano puede hacer todo esto. Ni de lejos.

Quizá estemos buscando la solución equivocada

La cabra de Slocum no hacía guardias. Las gallinas de Moitessier no ajustaban velas. Roberto trastea, Amélie optimiza a las tres de la madrugada, Manfred duerme durante su guardia, Sven ignora los protocolos de seguridad y Nigel socava la estructura de mando. Los humanos, hasta los mejores, traen complicaciones enormes a una tarea relativamente sencilla: llevar un barco de un sitio a otro de forma segura.

Pero ¿y si el tripulante perfecto no fuera una persona?

¿Y si fuera un dispositivo que:

  • Conoce tu barco: entiende los sistemas, las capacidades y los límites de tu embarcación.
  • Conoce tu motor: vigila las temperaturas, las presiones y los parámetros de rendimiento.
  • Ve todo el tráfico: vigila el AIS, el radar y los contactos a la vista en cualquier condición, de día y de noche.
  • Vigila el tiempo: sigue las condiciones reales y las previsiones, y entiende cómo afectan a tu ruta.
  • Entiende de navegación a vela: sabe cuándo las condiciones superan los límites que te has marcado.
  • Conoce a tu tripulación: comprende las aptitudes, la experiencia y las responsabilidades de cada uno.
  • Te conoce a ti: aprende las prioridades, la tolerancia al riesgo y las preferencias del patrón.
  • No duerme nunca: mantiene una vigilancia constante, sin fatiga.
  • No consume nada: funciona con un consumo mínimo y no necesita comida ni agua.
  • No pide nada: ofrece información sin exigir mando ni reconocimiento.

Este dispositivo no sustituiría a tu tripulación. La haría mejor. Dejaría que Roberto durmiera en lugar de revisar los sistemas de forma obsesiva. Permitiría que Amélie confiara en que se le propondrá un cambio de velas cuando de verdad haga falta. Despertaría a Manfred cuando su guardia requiriese de verdad atención. Haría cumplir las normas de seguridad de Sven sin discusiones. Y apoyaría a Nigel aportando datos objetivos para las decisiones, quitando el componente emocional de las discusiones tácticas.

Y lo más importante: te daría a ti, el patrón, la tranquilidad de saber que alguien competente está siempre vigilando, aunque estés agotado, aunque la tripulación duerma, aunque las condiciones se compliquen y el cansancio nuble el buen juicio de todos.

El tripulante que (todavía) no existe

Tu barco ya tiene los sensores. La red NMEA 2000 conoce tu velocidad, tu rumbo, la profundidad y el viento. El AIS muestra el tráfico cercano. El GPS sigue tu posición. Los servicios meteorológicos dan las previsiones. Los sensores del motor vigilan su rendimiento. Las bombas de achique avisan cuando se ponen en marcha.

Los datos están ahí. Lo que falta es la integración inteligente: el tripulante digital que lo vigila todo, entiende el contexto, reconoce cuándo una situación pasa de normal a peligrosa y avisa a la persona adecuada en el momento adecuado y con el grado de urgencia adecuado.

No es un sustituto del juicio humano. No es una automatización que aparta al patrón de la toma de decisiones. Es, más bien, un tripulante siempre alerta, que nunca se cansa y es del todo fiable, que potencia las capacidades humanas en lugar de competir con ellas.

El tripulante perfecto no dormiría nunca, nunca se comería tu chocolate, jamás cuestionaría tus decisiones en el peor momento y nunca te crearía responsabilidades por saltarse las normas de seguridad.

Simplemente vigilaría, entendería y avisaría, justo cuando hiciera falta, ni un segundo antes.

La cabra de Slocum era buena compañía, pero no podía hacer guardias. Tu tripulación —Roberto, Amélie, Manfred, Sven y Anna— hace lo que puede, pero son humanos, con todas las limitaciones que eso conlleva.

Quizá el tripulante perfecto no sea una persona. Quizá sea la tecnología que ya tenemos, funcionando por fin en conjunto como debería.


¿Quién es tu Roberto, tu Amélie o tu Manfred? Todo navegante ha embarcado con estos personajes, o ha sido uno de ellos. Cuéntanos tus historias en los comentarios.

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